Pocas doctrinas son tan esenciales para la vida cristiana y, al mismo tiempo, tan mal comprendidas en nuestros días como la doctrina del arrepentimiento. Con frecuencia se habla de la fe, de la gracia, del amor de Dios o de la salvación, pero rara vez se profundiza en la realidad espiritual que acompaña necesariamente a toda verdadera conversión: el arrepentimiento.
Vivimos en una época donde el pecado ha dejado de ser considerado una ofensa grave contra Dios. La cultura moderna ha reemplazado el lenguaje de la culpa por el de los errores, las debilidades o las malas decisiones. Como consecuencia, muchas personas consideran innecesario arrepentirse porque no perciben la profundidad de su condición espiritual delante de un Dios santo.
Sin embargo, las Escrituras presentan una realidad completamente diferente. Desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo Testamento, Dios llama constantemente a los hombres a abandonar sus pecados y volver a Él. Los profetas proclamaron este mensaje, Juan el Bautista preparó el camino para Cristo predicando arrepentimiento, Jesucristo comenzó su ministerio anunciando: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado", y los apóstoles continuaron proclamando el mismo llamado después de la resurrección.


